Las huellas de Yako

El azar trajo a Yako a nuestras vidas, y de manera tan inesperada como lo trajo, se lo llevó.

Lo que voy a escribir a continuación no es más que el deseo de que no se me escape nada de los recuerdos que compartimos, y que todo ese torbellino de momentos y sentimientos se queden aquí plasmados para siempre. Escribo desde el profundo dolor de la pérdida de nuestro primer hijo hace apenas 7 días, y a veces eso hace que los recuerdos se entremezclen y se hagan difíciles de retratar. Pero siento que necesito hacer esto para compartir su huella con todo el mundo.

Hace 9 años fuimos a adoptar a un lobo precioso cuya foto vimos en internet a un refugio muy apartado, pero al ser novatos con esto de los perros ni nos planteamos si ese perro era el adecuado para nosotros, sólo sabíamos que nos habíamos quedado prendados de él. Una vez allí  nos dijeron que estábamos locos, que ese perro había sufrido mucho y que meterlo en un piso con dueños inexpertos no era una buena idea. Sentimos mucha tristeza pero entendimos que tenían razón. Pero nos dijeron que tenían a una especie de mezcla de husky con pastor alemán, muy parecido al lobo que queríamos, más cachorrete, acostumbrado a vivir entre niños, que fue uno de tantos regalos de navidad que acaban abandonados en verano, y que ese encajaría perfectamente con nosotros. Y es que este lobito fue abandonado por su dueños con tan sólo 6 meses, cuando pasó de ser un juguete a ser un perro grande con mucha fuerza y mucha energía. Se había pasado el verano encerrado en una jaula, con otros perros que no paraban de ladrarle y la mujer nos contaba que estaba muy deprimido. Cuando aquella mujer que llevaba aquel refugio improvisado, María Luisa, abrió la puerta para enseñarnos a Yako, se lanzó directamente a nosotros para que le acariciáramos, deseoso de tener contacto humano. Era como un cachorro de lobo gigante, enorme, torpón y muy cariñoso. Ni nos lo pensamos, nos enamoramos de él, y en ese mismo día dijimos que lo queríamos y que en dos semanas volveríamos a por Yako.

Yako

Cuando fuimos a recogerle con toda la ilusión del mundo, nada más subirle al maletero, se escapó y echó a correr por medio del campo, corriendo como loco, y nosotros con el corazón en un puño, detrás de él, aterrados con la idea de que se fuese hacia la carretera y sufriera un accidente. Por suerte, antes de que llegara a cruzar la carretera, haciendo un placaje al más puro estilo quarterback de rugby, me hice con él. La última vez que vio un maletero fue para abandonarle, nos contaron, y de ahí su terror a los coches, algo que nunca llegó a superar del todo.

La llegada a nuestro piso, en Móstoles, no fue mucho más sencilla. De camino al veterinario del barrio para registrar su chip y hacerle un chequeo, echó a correr otra vez. Pero esta vez no estaba suelto, sino que mi hermana iba agarrada a él, y fue arrastrada varios metros por la calle hasta que le soltó. Yo eché a correr detrás del perro y no sabía si ayudar a mi hermana que se había quedado en medio de la carretera tirada en el suelo, o perseguir a Yako. Opté por frenar y gritarle fuertemente. Yako se giró al oír que le gritaba y curiosamente se paró, y pude correr y atraparlo. Creo que esa fue la primera y la última vez que nos hizo caso.

La primera vez que entró en casa le tuvimos que insistir porque no se movía de la entrada. Después, le pusimos su cuenco de comida y de agua en la cocina, pero tampoco se atrevía a pasar. Se nos quedaba mirando esperando nuestra aprobación. Tenías que tirar de él para que accediera de una habitación a otra. Eso sólo duró apenas una semana. Después nos hizo un par de agujeros en las paredes a base de mordiscos, y se llevó además por delante las instalaciones del cableado de la TV. Los embellecedores de madera también le parecían masticables, y las pinzas de tender la ropa. Probábamos con juguetes de todo tipo, y hasta los más duros en días los tenía destrozados. Hubo uno que le duró más, semanas, que no podía romperlo hasta que de pronto desapareció, y siempre hemos pensado que se enfadó con él y lo tiró por la ventana.

También hizo sus pinitos con la comida humana: filetes de cinta de lomo de en un plato listos para la cena, un descuido, y en un minuto nos había dejado sin cena. Y cuando ibas a él a echarle una bronca, se encogía, bajaba las orejas y te miraba con cara de ponerse a llorar, y encima no te salían ni las palabras para regañarle.

Allí vivimos nuestra primera nevada, y esa imagen de Yako pletórico, emocionado, con las orejas totalmente erguidas y ese porte majestuoso que tenía, corriendo de un lado a otro del parque con la nieve, como un niño cuando ve los regalos de Reyes, no se me olvidará en la vida.

Yako en la nieve

Eso hizo que aprovecháramos para irnos con él a muchas casas rurales donde disfrutar del aire libre, y de la nieve. Y ya. Y digo “y ya” porque a Yako no le gustaban los ríos, ni los pantanos, ni la playa, ni nada con agua de por medio, por lo que eso nos limitaba bastante. Una vez en una playa, en Galicia, intentamos meterle en la orilla y fue imposible. Era escuchar el sonido de las olas y querer salir corriendo.

Y es que pese a lo grandullón que era, como no podía ser de otra forma, era un cagón: las olas, el viento, los truenos, los petardos.. Cualquier ruido fuerte le aterraba. También le daban pánico las superficies deslizantes o inestables, y es que Yako era muy miedoso excepto cuando se cruzaba con otro macho. Una noche de invierno, de madrugada, cuando me encontraba en el séptimo sueño, me cayeron de golpe sobre el pecho 40 kilos de perro que casi me matan, del susto y del golpe. Había sido un trueno, y Yako, como si fuera un gato, no se lo había pensado dos veces a la hora de venirse con nosotros a la cama.

Sin embargo, como la mayoría de animales, parecía inmune al dolor. El primer susto gordo nos lo dio cuando un día jugando se enganchó la uña del espolón trasero y se le arrancó. Le llevaron corriendo a urgencias, y simplemente le vendaron la pata y le pusieron el collar isabelino. Estuvimos llorando un buen rato, y él nos miraba impasible, sin entender por qué montábamos tanto drama. Las anécdotas con él son incontables. Disfrazado, gruñendo a otros perros, pidiéndote comida con cara de pena…

Tenía sus manías, como por ejemplo entrar de culo en las habitaciones… Nunca supimos por qué era, pero se tiró años entrando en las habitaciones andando hacia atrás, al más puro estilo Moonwalker. O como cuando le daba por “hablar”, como si fuera Scooby Doo, y se plantaba delante de ti, sin venir a cuento, y empezaba a emitir sonidos entre ladridos y aullidos, mientras te miraba fijamente. A veces se enfadaba, y si nos íbamos muchos días de vacaciones y le dejábamos con mi hermana, a la vuelta se tiraba una hora enfadado, ni nos miraba: se tumbaba dándonos la espalda, y ya le podías llamar que te ignoraba completamente. Como ya le conocíamos, siempre aparecíamos con chuches y se le pasaba el enfado enseguida.

Entre sus manías más peculiares estaba la de hacer caca en sitios realmente complicados como en lo alto de un montículo, o en lo más alto de un arbusto. Por no hablar de las innumerables vueltas que daba sobre sí mismo, para escoger el sitio perfecto. Otra de sus manías era odiar a cualquier animal pequeño. Tuvimos un hámster una vez, y no duró mucho. Creemos que el pobre Justin se escapó, y Yako se lo encontró y debió pensar que era un juguete, algo que nos partió el alma y decidimos no volver mezclar a Yako con otros animales tan pequeños… En especial odiaba a los gatos, y a todo bicho más pequeño que el tamaño de un Westhighland Terrier.

Cuando llegó al año y medio de edad, le empezó a cambiar el carácter, y aunque estuvimos tres meses adiestrándonos él y yo, su relación con otros machos fue terrible. Era un alfa dominante, y esa parte de lobo salvaje  que traía de serie le hacía bastante insociable con cualquier perro. Eso hizo que muchos amigos del parque dejaran de sociabilizar con él, porque aunque no mordiera, una patada de Yako hacía mucho daño. El adiestramiento hizo de él un perro muy noble con las personas y obediente excepto a la hora de acudir estando suelto. Nos dijeron que por su carácter podrían pasar años hasta que obedeciera a sus amos cuando le llamáramos, y es que ese espíritu salvaje que tenía, era indomable. Con los años, iba siendo más lobo, más arisco, solitario, y cada vez más antipático con otros perros. Por no hablar de lo poco cariñoso que era: no podías esperar de él un mimo a no ser que tuvieras cerca queso, atún o chuches perrunas. Así que a los tres años, ya viviendo en Pinto, decidimos adoptar a una hermanita con la que pudiera jugar, ya que creíamos que quizá podía estar un poco aburrido o sentirse solo. ¡Ay, si pudiera hablar! Su hermana Senda llegó como un terremoto. Le quitaba las cosas, le mordía, y reclamaba toda la atención del mundo y más. Y siempre tuvieron esa extraña relación de pareja, como un matrimonio de ancianos, ni contigo ni sin ti. En casa se miraban bastante poco, Yako seguía prefiriendo estar tranquilo, en sitios fresquitos y oscuros, mientras que Senda era la típica perra faldera que no se separaba de nosotros. Pero a veces, sin venir a cuento, se tiraban horas jugando los dos, y después, otro mes sin querer ni mirarse. Por no hablar de todas las veces que Senda intentaba montar a Yako, para dominarle, y Yako se nos quedaba mirando con los ojos muy abiertos, como diciendo “¿Pero por qué dejáis que me haga esto?”. Y así, años. Mientras que el pobre Yako nunca consiguió montar a Senda. Pero era una maravilla verlos darse mimos, besos, arrumacos, o mordiscos en las orejas.

Yako y Senda

Se convirtieron en una pareja terrible. Un día entrabas en casa y te encontrabas a Senda subida encima de los fogones, y a Yako con un cuchillo en la boca. Otro día las bolsas de basura destrozadas. Otro día te encontrabas con que no tenías sofá… Y es que Senda sí había sido más callejera que Yako, y como todos, traía su propia mochila de traumas y fantasmas. Y Yako, que ya empezaba a ser un perro formal se desató, y se volvió igual de gamberro que ella. Dvd’s, libros, zapatillas, cepillos… Todo les venía bien para jugar y destrozar. Daba igual lo mucho que lo escondieras, ellos acababan encontrando las botellas de Coca Cola de 2 litros, las pastillas de Pharmaton, o hasta los mandos de la cocina de gas, que más de una vez llegamos a casa y estaba la cocina de gas encendida. Una pareja letal. Así que nos pasábamos la vida extremando precauciones. Era parte del proceso de adaptación de todos con todos. Senda necesitaba aprender que aunque nos fuéramos de casa, íbamos a volver, que no íbamos a ser como sus últimos dueños que estuvieron a punto de dejarla morir de hambre y sed.

Aunque eran adorables, las bolas de pelo que rodaban por toda la casa no lo eran tanto… ¡¿Cómo podía soltar Yako tanto pelo?! Te podías tirar horas cepillándole y no paraba de salir pelo! En la comida, en la ropa, en la bañera…

Otras de las anécdotas más curiosas no la vivimos, sino que nos la contaron. Un día, al llegar a casa, nos llama una vecina al timbre y nos cuenta la última travesura de este dúo: al parecer me fui de casa y cerré la puerta pero sin llave por un despiste, pero estos perros hijos de McGyver, la abrieron con las patas, y Yako se escapó de casa. Bajó hasta el portal, y como no podía irse a la calle, se quedó allí sentado a la espera de que alguien le dejara pasar. Con sus 40 kilos y su cara de lobo, todos los vecinos que bajaban abajo, no se atrevían a salir, hasta que ya bajó una vecina que le conocía y le dijo “Yako, vamos para tu casa!”, y Yako, que menos a nosotros hacía caso a cualquiera, se levantó y se fue escaleras arriba hasta nuestra casa. La vecina fue detrás de él, y cuando fue a cerrar la puerta de nuestra casa, apareció Senda mirando fijamente a la vecina y enseñándole los dientes. La vecina como pudo cerró la puerta corriendo y los dejó allí encerrados. La noche y el día: Yako queriendo fugarse y Senda guardando la casa de sus papis.

Entre las broncas más fuertes de Yako está una en la que se tiró de cabeza contra la verja de un recinto para perros, arrancó la puerta y se lanzó a por un bóxer que pasaba por allí. Tras 10 minutos interminables conseguimos entre el dueño del bóxer y yo hacernos con ellos. Pero claro, días después fue el mismo bóxer el que se saltó directamente la verja para ir de nuevo a por Yako. Aunque milagrosamente, en ambas peleas salieron los dos ilesos. Y es que por más que intentábamos regañarle, y evitar a toda costa que no fuera tan borde, era superior a él, quería dominar constantemente a los demás perros del barrio. A veces pasear con él podía ser un calvario.

Aún recuerdo la bronca más fuerte que ha tenido, porque era el día que habíamos firmado las escrituras de nuestro nuevo piso, y estábamos muy felices, y con ganas de celebrarlo. Esa noche Yako vio a otro bóxer distinto, se le empezó a erizar el pelo, y empezó a ladrar con tanta rabia que le estalló el collar de hierro que llevaba y se lanzó a por él. El bóxer también se escapó de la correa de su dueña, y aún no sé cómo, me metí entre medias para separarlos, porque allí ya sí que vimos dentelladas. Cuando parecía que la sangre no iba a llegar al río, y ya me hice con Yako, fue Senda la que se me escapó y se abalanzó sobre el pobre boxer, y finalmente fue Senda la que defendiendo a su hermano, hizo que tuviéramos que salir corriendo a urgencias. Yako y Senda estaban bien, pero al pobre Bubu le tuvieron que dar puntos en la pata, recuerdo de mi querida Senda. Por suerte Bubu se puso bien enseguida y se hizo todo lo “amigo” que se podía ser de Yako. Desde ese momento duplicamos precauciones y Yako se convirtió en una especie de Hannibal Lecter, con su “master control” y doble collar para evitar más disgustos. Dejamos de ir a los recintos de perros, y empezamos simplemente a pasear evitando a cualquier perro. He decir que eso me creó bastante miedo a pasear solo con Yako, y estuve bastante tiempo enfadado con Yako, incluso pensando en recurrir a métodos más disciplinarios como los collares eléctricos, cosa que al final fuimos incapaces de hacer. Pero es que era increíble que un perro tan bonachón, que en casa era como una alfombra, que se ponía panza arriba para que le acariciaras, en la calle sacara tanta mala leche y fuera incluso peligroso.

Las anécdotas se suceden una detrás de otra. Como pequeñas huellas de perro caminando sobre tu memoria. No hacía falta tenerle cerca para acordarte de él: viendo a los huargos de Juego de Tronos, caminando por Central Park junto a la estatua de Balto, cada vez que veíamos un hueso gigante, los perros con botas de nieve en Helsinki, de fondo de escritorio en mi PC o en mi móvil, paseando por Monument Valley… Cada vez que salíamos de viaje fuera de España intentábamos una vez al día llamar para ver qué tal estaban. Y cuando viajábamos por aquí, siempre intentábamos que estuvieran con nosotros, y eso que no era fácil encontrar una casa que cumpliera con todos los requisitos que necesita un perro escapista con ese afán de huida. Mi niño, mi gitano, mi Yakito, ha viajado mucho, y ha conocido cientos de lugares de España.

Con el tiempo, los dos se fueron tranquilizando y seguimos haciendo viajes y disfrutando con ellos. Pero eso no significa que las ansias de fuga de Yako se hubieran calmado. Con ya 7 años nos dio otro susto en casa de unos amigos, aprovechando que entraban en casa para escaparse y echar a correr por todo el pueblo. Nosotros detrás de él gritando, y él, ni caso. Y de repente un señor le dijo “ven, bonito”, y Yako corriendo fue a su lado y se sentó tan tranquilo. Le encantaba humillarnos en público al muy asqueroso.

Hace dos años, curiosamente, se volvió más cariñoso. En invierno se quería subir contigo al sofá, acurrucarse a tu lado como si fuera un bebé, arroparse y roncarte en la oreja. Como había veces que no le dejábamos aprendió a hacernos lo que nunca había hecho: ¡aprendió a darnos besos! Así que como te negaras a algo, te daba un tímido lametón en la oreja, y claro, tras 8 años esperando a que el niño nos diera un beso, pues como para negarse.

Fue justo cuando estaba a punto de cumplir los 9 años cuando algo raro empezamos a notar. Desarrolló una extraña obsesión por beber agua a todas horas, y a veces a orinarse en casa. Le hicieron pruebas y no vieron nada. En enero de 2013, a los 9 años tuvo una faringitis fuerte con mucha tos, y la obsesión por el agua iba a más, haciéndole orinarse en casa a menudo, cosa que jamás había hecho, ni siquiera de pequeñín. Las pruebas seguían sin decirnos nada, por más que buscaban. Cada vez le costaba más salir a la calle, no se movía apenas, y no quería estar con nadie, sólo quería estar tranquilo en un rincón.

Desde entonces, hasta abril, Yako fue consumiéndose: cada vez estaba más apático, más torpe, y más cansado. Pero ni en la orina, ni en la sangre, ni en nada conseguíamos ver que era. Ya no levantaba la pata para mear. Ya no subía de un salto a los bancos, ni a las jardineras… Las pilas se le estaban agotando muy rápido. Pero también piensas que puede ser el calor, la edad, o alguna cosa así, y nos aferrábamos a que en las pruebas todo salía bien.

Finalmente en julio la enfermedad dio la cara, y descubrimos a través de una radiografía que un cáncer de pulmón que se le había extendido muchísimo y le había afectado al hígado también. No había nada que hacer. Incurable. Y es cuando te ves en la disyuntiva de decidir si ponerle una inyección en ese mismo momento, o si seguir adelante. La veterinaria fue clara: “alargar la enfermedad sólo le va a hacer sufrir, y al igual que para las personas, una de las peores muertes que hay es por asfixia. No le hagáis sufrir innecesariamente.”

Mientras le hacíamos la radiografía, recordaba como unos 8 años atrás, en ese mismo sitio, a Yako le hacían una radiografía porque estuvo con diarrea y temíamos que se hubiera tragado algo. Años después allí volvía a estar tumbado, mucho más tranquilo esta vez, pero esta vez la radiografía no nos dio ninguna alegría. Mi niño, mi gitano, mi Yakito debía irse y debía dejar de sufrir.

Yako haciéndose una radiografía

Y en ese momento tienes que decidir cuándo vas a poner fin a su vida. Es por su propio bien, pero no es sencillo. A tus ojos está viejo y cansado, pero no se queja, y aunque está torpe, en cuanto le enseñas una chuchería o un dichoso cuenco de agua viene desde la otra punta de la casa para que se lo des. Y aún así debes pensar en ponerle la inyección que acabará con su vida para evitar que un día caluroso de verano, Yako pueda morir solo en casa mientras trabajamos, ahogándose, y sin nadie a su lado.

Quizá por eso, egoístamente, y queriendo en cierta medida no creer en la evidencias, decidimos darle una semana más. O mejor dicho, darnos a nosotros una semana más para hacernos a la idea de que Yako iba a dejar de estar entre nosotros. Que dejaríamos de verle ponerte una patita en la rodilla y ladear la cabeza en busca de chuches, que dejaría de hablarnos en su idioma pidiendo que salgamos a la calle, que nunca más saltaría a la cama en mitad de la noche, y que en siete días dejaríamos de poner comida en dos cuencos.

Quisimos por 7 días ser un poco egoístas y disfrutar de él siempre y cuando no empeorara. Y quizá fuera mi manera egoísta de ver las cosas, pero cuando empezamos a ponerle filetes, hamburguesas, o carne guisada para comer, era como ver al joven Yako ansioso por comer, con esa sonrisa nórdica tan particular, y deseando meter el hocico entre tantas cosas ricas que nunca había probado. Cuando le enseñabas un poco de queso, o de algo que le encantara, por segundos volvía a ser el Yako enérgico y juguetón que se acercaba a ti en busca de un premio, agitando la cola y con ojos de niño. Por eso mismo se hacía aún más duro pensar en dormirle. Uno siempre tiene la imagen de que cuando ha de tomar esa decisión es porque su perro está en las últimas, pero mi Yako, a ratos, no parecía estar tan mal. Luego se tumbaba durante horas en la misma postura, respirando fatigado y en ese momento recordabas que no podías tenerle mucho más así, sin poder disfrutar de juegos, de carreras, de nosotros, ni de nada.

Pero Yako siempre fue libre y salvaje, y nunca quiso seguir las normas. En la madrugada del martes al miércoles, empeoró, y comprendimos que había llegado el momento de ponerle las cosas fáciles. Lo llevamos en el coche hasta un hospital veterinario de urgencias, y pedimos que pusieran fin a su sufrimiento. Fuimos cantándole canciones con un nudo en la garganta, hablándole con una sonrisa para que mirara por la ventana, intentando que se distrajera y se calmase. Apenas podía andar, y sólo quería tumbarse en el suelo a descansar. Tumbado en la camilla del veterinario se calmó un poco mientras le hacían las últimas pruebas. Los minutos se hacían horas y sólo queríamos verle tranquilo, sin sufrimiento. Por fin, llegó el calmante previo, con el que lanzó un par de sollozos por la aguja. Me abracé a él muy fuerte, le miré a los ojos y le repetía una y otra vez que iba a estar bien, que se tranquilizara, que ya faltaba poco, y mientras le ponían la última inyección, la definitiva, mi mente utilizó un método de defensa para soportar ese momento con fuerza y que Yako no me viera llorar, y me imaginé durante esos dos latidos que tarda en hacer efecto la dosis, que él me hablaba y me decía:

– ¿Me estoy muriendo?

– Sí, mi vida, pero vas a estar bien, te lo prometo – le dije yo

– ¿Estaréis conmigo? – Me volvió a preguntar

– Siempre, mi amor, siempre estaremos a tu lado.

Y Yako cerró sus ojitos mientras me miraba fijamente. Y descansó.

Ahora sé que Yako corre como un loco por el cielo de los perros, marcando cada tramo verde que se encuentra, y buscando perros con los que jugar, y persiguiendo a perros pequeños a los que aterrorizar. Sé que él ahora es feliz, está en paz, y una parte de él sigue viva dentro de mí, y sé que mi niño, mi gitano, mi Yakito, seguirá vivo en mi recuerdo hasta el día en el que me vaya a correr con él por los jardines del otro mundo.

4 comentarios sobre “Las huellas de Yako

  1. Mi lobito,ciertamente no nos lo ponía fácil cuando salia a la calle y se encontraba con otros machos.Yo que tantas veces hice de canguro cuando os ibáis fuera,me pasaba todo el rato pendiente de sus reacciones.Como levantaba las orejas,el rabo y erguía la cabeza al oler a otro perro,era un stress constante,pero solo era el rato de estar en la calle.
    Nunca podré olvidar su manera torpona de andar,las veces que me llevé algún golpe por su ímpetu al saludarte,sus extrañas charlas entre aullidos y ruidos raros,su amor al queso…
    Tantos y tantos recuerdos.
    Su porte majestuoso,como pocas veces he visto en un perro,su nobleza con las personas y los niños,era un bonachón,excepto cuando salia su lado Alfa.
    Siempre tuvo un gran afán escapista y menos a sus dueños,el cabrón hacía caso a cualquiera.
    Otra cosa que me encantaba de él es que no solía aceptar chuches de nadie que no fueran sus dueños.Cuando le llevaban al veterinario a ponerle vacunas,algunas dolian y el vet le daba una chuche de recompensa,y él pasaba,no se dejaba sobornar.
    Han pasado ya varios años y su huella permanece,fué el primer perro en la familia,mi primer sobrino peludo,y jamás le olvidaré.
    Te quiero mi lobito y te sigo echando de menos,

  2. Al leer vuestra experiencia, con Yako lo mucho que fue amado y el enorme cambio que supuso en vuestras vidas solo me hacen recordar en las mascotas que tuve y que se fueron, como no aproveche el tiempo con ellas en lo poco que les di , pero al mismo tiempo saber que en su existencia ellas y vuestro lobito fue amado solo con esa fuerza con ese calor que solo los corazones puros pueden dar y sentir, que estoy seguro que fueron para el unicos e irremplazables en su corazon, solo un ultimo apunte antes de despedirme, recuerdenlo tengalo en sus memoria en sus historias, solo esta muerto quien es olvidado y esta claro que el vivira eternamente en sus almas…

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