La vida en la Web 2.0: Belén – febrero 2016

08:00: Suena el despertador. Me levanto bostezando y voy a ver cómo está Álex.

08:10: Sigue dormido. Me acerco despacio para ver si tiene frío. Lo arropo y salgo de puntillas de la habitación. Llevamos un mes sin encender la calefacción pese a que es invierno. Le dejo durmiendo con un calefactor eléctrico que se enciende y se apaga cada 3 horas, y siempre estoy con miedo de que pueda caer enfermo. Pero no puedo hacer más. Es más barato de esta manera.

08:14: Voy al baño. Me miro al espejo. Se me notan las raíces y las canas asoman sin piedad. Intentaré buscar algún tinte barato, porque así no puedo ir a la entrevista de trabajo. Me haré una coleta. La casa está congelada.

08:15: Me lavo la cara con agua fría. Evita gastar luz y gas, y me despeja antes. Tampoco tengo otro remedio.

08:19: Despierto a Álex. No quiere levantarse. Tiene la nariz helada, el pobre. Pongo el calefactor a la máxima potencia. Le saco del armario el chándal al que le puse ayer unas rodilleras para tapar el agujero que se hizo jugando en el recreo, y lo pongo encima de la cama. Dejo al peque vistiéndose mientras le digo que se dé prisa.

08:24: No me puedo creer que se haya roto el microondas. 8 años con nosotros, ningún problema, y se rompe justo ahora, en el peor momento. No se pudo haber roto cuando las cosas iban bien, no. Ha esperado todo este tiempo para romperse justo hoy. No me lo puedo creer. Caliento la leche en un cazo.

08:32: Voy a buscarle a la habitación porque se le está quedando el desayuno tan frío como su naricita. Le digo que espabile. Ya está listo, estaba mirándose las rodilleras nuevas en el espejo.

08:34: Mientras se bebe la leche me dice que no quiere ir al colegio con el chándal roto, que por qué no le compro un chándal nuevo. Me levanto, me giro, voy al fregadero y me pongo a limpiar la taza del café para que no note que estoy llorando. Respiro hondo y le digo que el chándal está nuevo, y que con las rodilleras queda más bonito.

08:46: Salimos de casa y bajamos al tercero, a casa de Pepa. Llamamos a la puerta. Pepa me pregunta que si no he visto el whatsapp que me mandó ayer por la noche. Trago saliva, y como puedo le digo que ayer me dieron de baja internet, y que no puedo recibir ningún whatsapp desde ayer. Me dice que Paula está mala y que hoy no va al cole. Álex dice que él puede ir andando, que ya es mayor. Pepa me pregunta ahora si sigo sin gasolina. Me quedo callada. Se me queda mirando un segundo fijamente, y me dice que no me preocupe, que ella acerca a Álex al colegio en un momento, que Paula sólo está acatarrada y que no se va a morir si la deja 10 minutos sola en casa. No puedo más y se me escapa una lágrima mientras le doy las gracias. Le explico casi sin voz que tengo que ir a una entrevista de trabajo y que espero que todo se arregle. Que no sé cómo podré pagarle toda su ayuda. Me da un abrazo y me dice que me vaya, que vamos a llegar todos tarde. Álex entra en casa de Pepa, y yo me voy.

09:51: Miro en el buzón por si hubiera allí una carta con la receta del éxito. No es mi día. Facturas, más facturas, cartas amenazantes del banco, cartas amenazantes de la compañía de electricidad, más facturas y propaganda.

09:12: Llego a la estación de tren. La verdad es que hasta que no vas andando desde tu casa a la estación no sabes lo lejos que está ni el frío que se pasa por el camino. Saco un billete y me quedo horrorizada por el dineral que me va a costar hacer una entrevista más. Ha vuelto a subir. Desde que no uso tarjetas de crédito para pagar me he hecho una experta en llevar monedas clasificadas en los bolsillos del bolso, y juntando monedas me da para pagar al menos el billete de ida.

09:15: Espero sentada mientras llega el tren. Veo a la gente leer sus ebooks, o navegar por su móvil y siento un pinchazo de nostalgia en el pecho, porque hasta hace dos años yo hacía lo mismo, como una rutina, como algo tan normal y cotidiano como comprar el pan. Me digo que puedo vivir perfectamente sin nada de eso. He desempolvado mis viejos libros y me repito a mí misma que lo demás son caprichos innecesarios. Aún así de vez en cuando tengo la tentación de acercar mi pulgar y mi índice a las páginas del libro para intentar aumentar el tamaño de la letra con un pequeño gesto.

09:19: Llega el tren. Atestado. No hay manera de conseguir sentarse. Todo el mundo con su tablet, con su ebook, o con su smartphone escuchando música. Me siento orgullosa de cargar con un libro que pesa medio kilo y que cuesta mantener abierto por la mitad. Lo retro se lleva.

09:29: Me asalta la duda de si debía bajarme en Atocha o si este tren me lleva directamente a Nuevos Ministerios. Echo de menos ir en coche a Madrid. Me gustaban los atascos. Como no tengo internet en el móvil no me queda otra que hacerme paso entre la gente para intentar llegar a un plano de los que están en las paredes del vagón. Es imposible. Pregunto a unos adolescentes que estaban a mi lado si saben cómo llegar a Nuevos Ministerios en tren. Me dicen que no tienen ni idea, pero que me espere que me lo miran en el móvil. Me asalta el pensamiento morboso de darles con el libro en la cabeza y quitarles el móvil. Me dicen que me baje en Atocha y que coja otro tren en la vía 1 ó 2. Les doy las gracias con una gran sonrisa. Estar casi desahuciada no me hará perder mi encanto.

09:34: Llegamos a Atocha. Me bajo y busco el andén 1. Había pensado en llamar a Pedro, ya que estaba en Madrid y reclamarle la manutención de Diciembre y de Enero, que aún no me las había ingresado, pero recuerdo que no puedo hacer llamadas salientes. Le intentaré llamar desde una cabina más tarde y me presentaré en su casa. ¿Seguirán existiendo las cabinas de teléfono?

09:51: Estoy en Nuevos Ministerios. Y ahora ¿cómo encuentro la calle? Me dijo mi vecina Sofía hace dos días, cuando me llamaron para hacer la entrevista, que estaba cerquita de la estación, que sólo había que andar un poco. Y San Google Maps se está riendo de mí en el cielo, diciéndome que sin él no soy nadie. Y tiene razón. Mi sentido de la orientación siempre fue pésimo, y desde que el smartphone entró en mi vida, no había ruta que se me resistiera. Ahora me siento huérfana e indefensa. Pero no hay nada como preguntar a un jubilado, que son como Google Maps 1.0. El buen señor me dice que todo para arriba, y la segunda a la derecha. Sonrío, no había sido tan difícil después de todo.

10:17: Varias vueltas más tardes, y con un frío inhumano, cuando creía que me había perdido del todo, veo las oficinas de El Corte Inglés. La recepcionista va muy conjuntada, y mientras me lanza una mirada de arriba a abajo me dice que espere en el sillón. Le miro las uñas. Manicura francesa. Miro las mías y me las guardo en los bolsillos del abrigo.

10:34: Sale una mujer más o menos de mi edad. Me recuerda mucho a mí misma hace dos años: mechas recientes, peluquería de esa misma semana, uñas de no fregar un plato, traje chaqueta de Purificación García, y zapatos de CK, que aunque no me entusiasmen, le sientan genial con el traje. Me sonríe y me dice que le acompañe. Huele a algún perfume de Lancôme.

11:03: Salgo de la entrevista con un sentimiento agridulce. Todo ha ido bien, he transmitido seguridad, simpatía, amabilidad, y espero poder pasar a la siguiente fase del proceso de selección. Pero no deja de ser amargo tener que desnudar tus últimos años delante de una desconocida. Porque aunque intentes maquillar tu situación no dejas de ser una mujer con un CV bueno (y eso que he omitido la mitad de mi experiencia laboral y de mis estudios) que quiere ser dependienta. Y te preguntan mil cosas acerca de tus últimos años, y se cuestionan por qué no habré conseguido otro trabajo mejor en todo ese tiempo. Y nunca sé si debo contarles la verdad. Que la empresa entró en suspensión de pagos, que mi jefe era un cabrón despiadado que me hacía mobbing, que estuve meses trabajando gratis para ellos, que al final apenas me pagaron ni un tercio de lo que me correspondía, que mientras estaba en paro mi marido me dejó por una zorra que trabajaba con él, y que no he sido capaz de hacer frente a todo lo que se me venía encima. Que las deudas arrasaron con nuestros ahorros y que con el paro no era capaz de seguir manteniendo a mi hijo, y que por alguna razón, todo se volvió en mi contra para impedirme encontrar un nuevo trabajo. Que los primeros meses intenté prepararme y reciclar mis conocimientos de contabilidad, de márketing y de técnicas de venta, aprendiendo nuevos programas y haciendo un máster de contabilidad analítica, y que empecé buscando trabajos que me permitieran llevar a Álex al colegio por las mañanas, ya que su padre no lo iba a hacer nunca más. Que el tiempo pasaba, y las cosas empeoraban, y que era como si mi currículo nunca llegara a las empresas, que jamás me llamaron. Que después entré en la espiral de bajar mis expectativas salariales, pero entonces me convertí en demasiado buena para esos trabajos. Que después cambié mi CV, y entonces las empresas empezaron a pedir requisitos imposibles ¿Quién sabe hablar holandés y ruso? Y que después de esos dos años de odisea laboral, sin más ingresos que los 400€ de subsidio tras agotar la prestación, sólo quería trabajar de lo que fuera, sólo quería una oportunidad de poder sentirme útil. Pero no, nunca lo hago, nunca cuento la verdad. Les digo que sufrí una enfermedad que me impidió ponerme a buscar trabajo hasta hace unos meses. De esa manera tan ruín, ellos sienten pena por mí, empatizan, y yo evito el bochorno de contar que mi vida se está colando por el retrete de la vida.

11:07: Salgo a la calle. Respiro hondo. Busco el móvil instintivamente para llamar a Pedro. Quiero pagar mi frustración con él. Recuerdo que no puedo llamarle desde el móvil y me frustro aún más. Tendré que buscar una cabina.

11:32: Más calmada por el frío que hace, y con los humos bajados porque me he perdido y he sido incapaz de encontrar una cabina, me acerco a un jubilado a preguntarle. Resulta que la tenía detrás, pero ya no se parecen a las cabinas que yo recordaba, son muy modernas, y ni parecen cabinas de teléfono ni nada.

11:34: Llevo 40 segundos delante de la cabina parada y no sé muy bien ni cómo usarla. Tiene unos botones muy raros, y aunque presiono los números no da línea. Busco instrucciones por los laterales. Hay que dar primero a un botón con un símbolo extraño. Por fin consigo marcar. ¿60 céntimos el minuto? ¿Estamos locos? Contesta Pedro.

11:35: Me ha dicho que me lo ingresa mañana. Le he dicho que lo quiero ahora, que estoy cerca de su nueva casa. Decía que no estaba en casa. Me he tirado un farol y le solté que he visto luz en la ventana. Ha funcionado, me ha dicho que vale, que suba. Sigue siendo igual de gilipollas que antes. Una risa maléfica suena en mi cabeza mientras le digo que tardaré 10 minutos, que estoy desayunando.

12:04: No debería haber ido a su casa. Las cosas le van estupendamente bien, y el apartamento que tiene con la zorra ésa es realmente una preciosidad. Al menos, mientras se iba a por el dinero, he aprovechado para conectarme a su wifi. ¿De verdad es necesario poner de nombre de red “angelesypedro” y encima ni poner contraseña? Vomitivos los dos. Aprovecho y miro mi cuenta del banco, los emails, y me interrumpe justo cuando estaba entrando en Infojobs. Le digo que ya que me ha hecho ir hasta allí para reclamar el dinero con el que come su hijo, lo menos que podía hacer, era invitarme a un café. Y me dice que para qué si acabo de desayunar en un bar. Me guardo mi soberbia y mi orgullo en mi bolso junto al móvil, cojo el dinero y me voy. Antes de irme le digo que el próximo mes, que sea puntual, que recuerde que es para su hijo, y que no trabajo de cobradora del frac. Ya quisiera yo trabajar de cobradora del frac pensé para mí. Ya quisiera yo trabajar.

12:20: Cojo el tren para volver a casa. No necesito contar monedas esta vez, puedo pagar con un billete. Me siento millonaria. Qué triste.

13:18: Voy andando hasta el colegio de Álex. Hace algo menos de frío, o al menos no me siento tan escarchada como por la mañana. Será el calor que se siente al tener algo de dinero de nuevo. Mientras le espero pienso en que quizá podría comprarle un chándal nuevo, pero soy consciente de que tengo 3 recibos pendientes de la comunidad, dos de la hipoteca, y que el resto de lo que me ha dado Pedro, nos va a hacer falta para alguna otra cosa más importante.

13:46: Ahora que sé usar las cabinas modernas, aprovecho para llamar a Pepa y decirle que no se preocupe, que yo me encargo de recoger a Álex. Me pregunta por la entrevista, y no doy muchos detalles, nunca se sabe. Le digo que creo que todo ha ido bien, pero que le tengo que dejar que no me quedan monedas. Le doy las gracias y cuelgo.

14:07: Veo a Álex salir del edificio. Al verme se pone muy contento y viene corriendo hacia mi.

14:43: Mientras comemos, Álex me cuenta todas las cosas que ha hecho hoy. Yo le miro embobada buscando salidas, pensando en las opciones que tengo para que mi hijo no pierda su sonrisa.

16:47: Dejo a Álex en su cuarto haciendo los deberes y me voy al cyber del barrio. Esos 2€ me saben a gloria. Busco trabajo como loca. Y aunque estoy harta de rellenar solicitudes, inscribirme en cientos de páginas, rellenar mil encuestas previas para poder inscribirte a una triste oferta, y de mentir constantemente sobre mi CV, no me queda otra. Ahora hay infinitas maneras de encontrar trabajo, pero en todas necesitas perder 15 minutos para darte de alta, y cuando el tiempo en internet más que oro es de platino, no te puedes permitir tantas vueltas. Es realmente desolador ver que te sabes de memoria las ofertas que ves, porque las has visto cada día, porque son las mismas a las que te inscribiste hace 2 meses, y siguen ahí, con 700 candidatos, pero como desafiándote desde la pantalla, recordándote que te ignoran, que no te quieren y que eres invisible para ellas.

18:05: De camino a casa paro en el súper. Me dicen en la caja que ahora ya puedo hacer la compra online. Le sonrío a la cajera con ganas de darle con la barra de pan en la cara. Si pudiera hacer la compra online ¿tú te crees que estaría yo aquí perdiendo el tiempo?

19:11: Viene mi madre a verme. Trae un par de tuppers con comida, y una bolsa con algo de compra. Le digo que no hacía falta, pero miento. Me hace mucha falta. Cada 3 días viene con un poco de compra: pasta, huevos, patatas, lentejas… Me hace la típica pregunta odiosa que he oído unas tres veces diarias desde hacía dos años. “¿Te ha salido algo?”. Sí, me ha salido una úlcera en el estómago de contestar a esa dichosa pregunta cada 10 minutos. No, claro que no me ha salido nada, porque si tuviera trabajo se habrían enterado hasta en la Patagonia. Porque te lo habría dicho incluso antes de abrirte la puerta. Porque tendría línea en mi smartphone y te hubiera llamado hace mucho para decírtelo. Porque ahora no estaría en casa con ganas de lanzarme desde el sexto. Porque no tendría ahora mismo esta ira que siento contra el mundo y la humanidad. Porque no me odiaría a mí misma. Pero respiro, dos veces, profundamente, la miro y noto su angustia, veo lo importante que es ella para mí y lo preocupada que está, y le digo simplemente que no, que no me ha salido nada. Y como si de un guión se tratara, ella lee la siguiente línea de su personaje, esa en la que dice que todo está fatal, que no sabe a dónde vamos a llegar, y que es una vergüenza esta situación. No le cuento que he hecho otra entrevista, no quiero que todos los días me pregunte si me han llamado o no. Me empieza a hablar de todas las familias a las que el banco les ha quitado la casa y están en la calle. Le pido que cambie de tema.

19:20: Nos tomamos un café y me cuenta que el mes que viene no sabe si me podrá ayudar, porque hay que hacer una derrama en el edificio para arreglar la fachada, y que con los 500€ de mi padre van a ir un poco justos. Le digo que no se preocupe, que Pedro me ha pagado lo que me debía. Le insultamos juntas un buen rato. Eso siempre ayuda a relajarse.

19:42: Álex viene y le dice a su abuela que le compre un chándal, que yo no quiero comprárselo y le estoy obligando a ir al cole con uno roto con rodilleras. Me levanto con intención de estrangularle, pero mi madre, que por algo es mi madre, le dice que está mucho mejor con las rodilleras, que se llevan así ahora. Álex, entre el miedo que tiene por la cara que le he puesto, y porque en el fondo se empieza a creer la historia de que el chándal queda mejor así, dice “vale” y se va corriendo a su cuarto.

20:03: Mi madre se va. Me besa, me abraza y me dice que todo saldrá bien.

20:10: Voy a ver cómo lleva Álex los deberes. Le pillo jugando con la PSP. Le regaño y se la quito, y le digo que hasta que no termine los deberes no se le ocurra salir de su habitación.

20:30: Me pongo a hacer a la cena. Arroz a la cubana, y hoy puedo añadirle huevos fritos.

20:57: Llamo a Álex de un grito. Le digo que venga a cenar y me dice que no ha acabado los deberes. Le digo que ya los acabará luego, pero que venga a cenar.

21:07: Mientras comemos me cuenta que tiene que hacer un trabajo sobre animales acuáticos, que le busque en internet fotos para pegarlas al ejercicio. Le digo que internet está roto y que mañana iremos a la biblioteca a buscar fotos en enciclopedias para hacer fotocopias y ponerlas en el ejercicio. Me pregunta del tirón que qué es una enciclopedia, que dónde está la biblioteca, y que por qué hacemos fotocopias y no las imprimimos de internet de la biblioteca. Le digo que mañana ya veremos, que no se preocupe. Antes nos hubiera llevado apenas dos clicks tener listo todo lo que me pedía mi hijo; ahora, la verdad es que algo tan sencillo planteado de esta manera parece todo un reto.

21:30: Le digo que se venga a hacer los deberes al salón para que yo le vigile. Mientras tanto, recojo la cocina.

22:03: Álex cierra su cuaderno, dice que ha terminado, y se sienta conmigo a ver la tele. Le digo que se vaya a la cama. Me dice que le deje un ratito más. Se apoya en mi brazo, y me dice que me quiere, y que no le gusta verme triste, que él sabe que todo va a salir bien porque soy la mejor madre del mundo. Otra vez con la lágrima colgando. Vaya día llevo. Le doy un beso y le digo que ya lo sé, que él me da fuerzas cada día y que todo volverá a ser como antes. Me pregunta si eso significa que va a volver su padre. Le digo que eso no. Me pregunta si vamos a volver a tener internet. Le digo que eso sí. Y antes de que siga preguntando le digo que ahora sí que se tiene que ir a la cama.

22:16: Le arropo bien, y dejo enchufado el calefactor. Dice que le deje la luz dada, que tiene miedo. Le digo que más miedo me dan a mí las facturas, pero se la dejo encendida. Le doy un beso, le deseo que tenga los mejores sueños del mundo, y me voy yo también a dormir.

22:38: Me levanto y voy a apagar la luz del dormitorio de Álex.

23:03: Llevo 1 hora enganchada al libro este para marujas morbosas. Jamás reconoceré que me he enganchado a él, pero la verdad es que me cuesta dejarlo y ponerme a dormir. Siento como si fuera lo único que me mantiene un poco ausente de mi realidad, y necesito una dosis diaria de fantasía. Algo que consiga hacer que me evada por un rato. La vida puede ser siempre peor, está claro, pero yo quiero que sea mejor. Me voy a dormir pensando eso, que la vida tiene que ser mejor, que en algún momento, esto va a cambiar, y que de todo se sale. Necesito creerlo. Aunque en el fondo sé que me estoy intentando auto engañar para conciliar el sueño, y que mañana será tan negro y tan frío como hoy. O incluso peor.

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